miércoles, 29 de junio de 2011

TU ES PETRUS...!!!


Señor,

te damos gracias
 
porque has abierto tu corazón para nosotros;


porque en tu muerte y en tu resurrección


te has convertido en fuente de vida.


Haz que seamos personas vivientes,


vivientes de tu fuente,


y dónanos el poder ser nosotros también fuentes,


capaces de donar a este nuestro tiempo


agua de vida.


Te damos gracias


por la gracia del ministerio sacerdotal.


Señor, bendícenos


y bendice a todos los hombres de este tiempo

que están sedientos y en la búsqueda

Amén.

AD MULTOS ANNOS, SANCTE PATER!

martes, 28 de junio de 2011

NO DESEO NADA...



"No deseo nada ni me siento apegada a nada más que a Jesús Sacramentado. Pensar que el Señor se quedó con nosotros me infunde un deseo de no separarme de El en la vida, si ser pudiera; y de que todos lo conociesen y amasen. Seamos locos de amor divino y no hay nada que temer".
 
Santa María Micaela del Santísimo Sacramento.

lunes, 27 de junio de 2011

LAZO DE AMOR

TU CUERPO SACRAMENTADO ES LAZO DE AMOR PARA EL CORAZÓN DEL HOMBRE.
TU CUERPO EUCARISTÍA ES VIDA Y GRACIA.
LLENA NUESTRO CORAZONES CON TU AMOR Y TU VIDA.

domingo, 19 de junio de 2011

BENDITO SEAS SEÑOR...

Bendito seas Señor, Padre que estás en el cielo, porque en tu infinita misericordia te has inclinado sobre la miseria del hombre y nos has dado a Jesús, tu Hijo, nacido de mujer, nuestro salvador y amigo, hermano y redentor.


Beato  Juan Pablo II

martes, 14 de junio de 2011

GOZO EN EL ALMA...



Que gozo hay en el Alma que tu habitas.
Un gozo imposible de describir con palabras,
porque las palabras enmudecen ante el Amado de mi Alma.

Que gozo es ser amado.
Que gozo es ser habitado por quien todo 
lo habita y todo lo contiene.

Oh!!! Eternidad de eternidades que al
alma fiel vienes a habitar.
Oh!!! Bondad infinita que todo lo llenas 
y todo lo recreas.

Que gozo es ser habitado por Tí.

Un Discípulo de Jesús.

lunes, 13 de junio de 2011

Pensamientos de los Santos sobre la Santa Misa...

Oh Señor, no podemos ir a la piscina de Siloé a la que enviaste el ciego. Pero tenemos el cáliz de tu Preciosa Sangre, llena de vida y luz. Cuanto mas puros somos, mas recibimos.




San Efren

jueves, 9 de junio de 2011

Pensamientos de los Santos sobre la Santa Misa

"Hay en la Santa Misa tantos misterios como gotas de agua en el mar, como átomos de polvo en el aire y como ángeles en el cielo; no sé si jamás ha salido de la mano del Altísimo misterio más profundo."

San Buenaventura

Señor...




Señor:
Te pido que cada amanecer sea radiante,que el sol brille en mi camino.
Te pido que aunque haya nubes que me cubran, mi fe haga de hoy un día soleado.
No te pido continuas alegrías en el camino que han de cubrir mis pies, sólo te pido gozar del contento que tu amor ha esparcido a mi paso.  
Amén.

(Santa Isabel de Hungría)

lunes, 6 de junio de 2011

Tratado de la Oración y meditación

Éstas son, cristiano lector, las primeras siete meditaciones en que puedes filosofar y ocupar tu pensamiento por los días de la semana, no porque no puedas también pensar en otras cosas y en otros días además de éstos, porque, como ya dijimos, cualquiera cosa que induce nuestro corazón a amor y temor de Dios y guarda de sus Mandamientos es materia de meditación. Pero señálanse estos pasos que tengo dichos: lo uno, porque son los principales misterios de nuestra fe y los que, cuanto es de su parte, más nos mueven a lo dicho; y lo otro, porque los principiantes (que han menester leche) tengan aquí casi masticadas y digeridas las cosas que pueden meditar, porque no anden como peregrinos en extraña región, discurriendo por lugares inciertos, tomando unas cosas y dejando otras, sin tener estabilidad en ninguna.

También es de saber que las meditaciones de esta semana son muy convenientes, como ya dijimos, para el principio de la conversión (que es cuando el hombre de nuevo se vuelve a Dios, porque entonces conviene comenzar por todas aquellas cosas que nos pueden mover a dolor y aborrecimiento del pecado y temor de Dios y menosprecio del mundo, que son los primeros escalones de este camino. Y por esto deben, los que comienzan, perseverar por algún espacio de tiempo en la consideración de estas cosas, para que así se funden más en las virtudes y afectos susodichos.

San Pedro de Alcantara; Tratado de la Oración y Meditación.

sábado, 4 de junio de 2011

Domingo

Este día pensarás en los beneficios divinos, para dar gracias al Señor por ellos y encenderte más en el amor de quien tanto bien te hizo. Y aunque estos beneficios sean innumerables, más puedes tú, a lo menos, considerar estos cinco más principales, conviene a saber: de la Creación, Conservación, Redención, Vocación, con los otros beneficios particulares y ocultos.

Y primeramente, cuando al beneficio de la creación, considera con mucha atención lo que eras antes que fueses criado, y lo que Dios hizo contigo, y te dio, ante todo merecimiento, conviene a saber: ese cuerpo con todos sus miembros y sentidos, y esa tan excelente ánima, con aquellas tres tan notables potencias, que son entendimiento, memoria y voluntad. Y mira bien que darte esta tal ánima fue darte todas las cosas, pues ninguna perfección hay en alguna criatura que el hombre no la tenga en su manera, por donde parece que darnos esta pieza sola fue darnos de una vez todas las cosas juntas.


Cuando al beneficio de la conservación, mira cuán colgado está todo tu ser de la Providencia divina; cómo no vivirías un punto, ni darías un paso, si no fuese por Él; cómo todas las cosas del mundo crió para tu servicio: la mar, la tierra, las aves, los peces, los animales, las plantas, hasta los mismos ángeles del cielo. Considera con esto la salud que te da, las fuerzas, la vida, el mantenimiento, con todos los otros socorros temporales. Y, sobre todo esto, pondera mucho las miserias y desastres en que cada día ves caer los otros hombres, en los cuales pudieras tú también haber caído si Dios, por su piedad, no te hubiera preservado.

Cuanto al beneficio de la redención, puedes considerar dos cosas: la primera, cuántos y cuán grandes hayan sido los bienes que nos dio mediante el beneficio de la redención; y la segunda, cuántos y cuán grandes hayan sido los males que padeció en su cuerpo y ánima santísima, para ganarnos estos bienes; y para sentir más lo que debes a este Señor por lo que por ti padeció, puedes considerar estas cuatro principales circunstancias en el misterio de su Sagrada Pasión, conviene a saber: quién padece, qué es lo que padece, por quién padece y por qué causa lo padece. ¿Quién padece? Dios.

¿Qué padece? Los mayores tormentos y deshonras que jamás se padecieron. ¿Por quién padece? Por criaturas infernales y abominables, y semejantes a los mismos demonios en sus obras. ¿Por qué causa padece? No por su provecho ni por nuestro merecimiento, sino por las entrañas de su infinita caridad y misericordia.

Cuanto al beneficio de la vocación, considera primeramente cuán grande merced de Dios fue hacerte cristiano, y llamarte a la fe por medio del bautismo y hacerte también participante de los otros sacramentos. Y si después de este llamamiento, perdida ya la inocencia, te sacó de pecado, y volvió a su gracia, y te puso en estado de salud, ¿cómo te podrás alabar por este beneficio? ¡Qué tan grande misericordia fue aguardarte tanto tiempo y sufrirte tantos pecados, y enviarte tantas inspiraciones, y no cortarte el hilo de la vida como se cortó a otros en ese mismo estado; y, finalmente, llamarte con tan poderosa gracia que resucitases de muerte a vida y abrieses los ojos a la luz! ¡Qué misericordia fue, después de ya convertido, darte gracia para no volver al pecado, y vencer al enemigo y perseverar en lo bueno! Éstos son los beneficios públicos y conocidos: otros hay secretos, que no los conoce sino el que los ha recibido, y aun otros hay tan secretos, que el mismo que los recibió no los conoce, sino sólo aquel que los hizo. ¡Cuántas veces habrás en este mundo merecido por tu soberbia, o negligencia, o desagradecimiento, que Dios te desamparase, como habrá desamparado a otros muchos por alguna de estas causas, y no lo ha hecho! ¡Cuántos males, y ocasiones de males, habrá prevenido el Señor con su providencia deshaciendo las redes del enemigo, y acortándole los pasos, y no dando lugar a sus tratos y consejos! ¡Cuántas veces habrá hecho con cada uno de nosotros aquello que él dijo a San Pedro (Lc.22,31): Mira que Satanás andaba muy negociado para aventaros a todos como a trigo, mas yo he rogado por ti, que no desfallezca tu fe! Pues, ¿quién podrá saber esos secretos sino Dios? Los beneficios Positivos, bien los puede a veces conocer el hombre, mas los privativos, que no consisten en hacernos bienes, sino en librarnos de males, ¿quién los conocerá? Pues así por éstos, como por los otros, es razón que demos siempre gracias al Señor, y que entendamos cuán alcanzados andamos de cuenta, y cuánto más es lo que le debemos que lo que le podemos pagar, pues aún no lo podemos entender.

Es tu Gracia Señor, la única que nos sostiene, la única que nos da Vida.
Que seriamos sin tu Gracia y tu ayuda?
Te has puesto a pensar detenidamente ¿que seria de nuestras vidas sin el auxilio de la gracia de Dios?

Sabado

Este día pensarás en la gloria de los bienaventurados, para que por aquí se mueva tu corazón al menosprecio del mundo y deseo de la compañía de ellos. Pues para entender algo de este bien puedes considerar estas cinco cosas, entre otras que hay en él, conviene a saber: la excelencia del lugar, el gozo de la compañía, la visión de Dios, la gloria de los cuerpos y, finalmente, el cumplimiento de todos los bienes que allí hay.

Primeramente, considera la excelencia del lugar, y señaladamente la grandeza del que es admirable, porque cuando el hombre lee en algunos graves autores que cualquiera de las estrellas del cielo es mayor que toda la tierra, y aunque hay algunas de ellas de tan notable grandeza, que son noventa veces mayores que toda ella; y con esto alza los ojos al cielo, y ve en él tanta muchedumbre de estrellas y tantos espacios vacíos, donde podrían caber otras tantas muchas más, cómo no se espanta? ¿Cómo no queda atónito y fuera de sí considerando la inmensidad de aquel lugar, y mucho más la de aquel soberano Señor que lo creó?
  
Pues la hermosura de él no se puede explicar con palabras, porque si en este valle de lágrimas y lugar de destierro creó Dios cosas tan admirables y de tanta hermosura, ¿qué habrá creado en aquel lugar que es aposento de su gloria, trono de su grandeza, palacio de Su Majestad, casa de sus escogidos y paraíso de todos los deleites?

Después de la excelencia del lugar considera la nobleza de los moradores de él, cuyo número, cuya santidad, cuyas riquezas y hermosura excede todo lo que se puede pensar. San Juan dice (Apc.5,7) que es tan grande la muchedumbre de los escogidos, que nadie basta para poder contarlos. San Dionisio dice que es tan grande el número de los ángeles, que excede sin comparación al de todas cuantas cosas materiales hay en la tierra. Santo Tomás, conformándose con este parecer, dice: Que así como la grandeza de los cielos excede a la tierra sin proporción, así la muchedumbre de aquellos espíritus gloriosos excede a la de todas las cosas materiales que hay en este mundo con esta misma ventaja. Pues ¿qué cosa puede ser más admirable? Por cierto, cosa es ésta que, si bien se considerase, bastaba para dejar atónitos a todos los hombres. Y si cada uno de aquellos bienaventurados espíritus (aunque sea el menor de ellos) es más hermoso de ver que todo este mundo visible, ¿qué será ver tanto número de espíritus tan hermosos y ver las perfecciones y oficios de cada uno de ellos? Allí discurren los ángeles, ministran los arcángeles, triunfan los principados y alégranse las potestades, enseñorean las dominaciones, resplandecen las virtudes, relampaguean los tronos, lucen los querubines y arden los serafines, y todos cantan alabanzas a Dios. Pues si la compañía y comunicación de los buenos es tan dulce y amigable, ¿qué será tratar allí con tantos buenos, hablar con los apóstoles, conversar con los profetas, comunicar con los mártires y con todos los escogidos?

Y si tan grande gloria es gozar de la compañía de los buenos, ¿qué será gozar de la compañía y presencia de Aquel a quien alaban las estrellas de la mañana, de cuya hermosura el sol y la luna se maravillan, ante cuyo merecimiento se arrodillan los ángeles y todos aquellos espíritus soberanos? ¿Qué será ver aquel bien universal en quien están todos los bienes, y aquel mundo mayor en quien están todos los mundos, y Aquel que siendo Uno es todas las cosas, y siendo simplicísimo, abraza las perfecciones de todas? Si tan grande cosa fue oír y ver al rey Salomón, que decía la reina de Saba: Bienaventurados los que asisten delante de ti y gozan de tu sabiduría, ¿qué será ver aquel sumo Salomón, aquella eterna sabiduría, aquella infinita grandeza, aquella inestimable hermosura, aquella inmensa bondad, y gozar de ella para siempre? Ésta es la gloria esencial de los santos, éste el último fin y puerto de todos nuestros deseos.

Considera, después de esto, la gloria de los cuerpos, los cuales gozarán de aquellos cuatro singulares dotes, que son sutileza, ligereza, impasibilidad y claridad, la cual será tan grande, que cada uno de ellos resplandecerá como el sol en el reino de su Padre. Pues si no más de un sol, que está en medio del cielo, basta para dar luz y alegría a todo este mundo, ¿qué harán tantos soles y lámparas como allí resplandecerán? Pues ¿qué diré de todos los otros bienes que allí hay? Allí habrá salud sin enfermedad, libertad sin servidumbre, hermosura sin fealdad, inmortalidad sin corrupción, abun sin necesidad, sosiego sin turbación, seguridad sin temor, conocimiento sin error, hartura sin hastío, alegría sin tristeza y honra sin contradicción. Allí será -dice San Agustín- verdadera la gloria, donde ninguno será alabado por error ni por lisonja. Allí será verdadera la honra, la cual ni se negará al digno, ni se concederá al indigno. Allí será verdadera la paz, donde ni de sí ni de otro será el hombre molestado. El premio de la virtud será el mismo que dio la virtud y se prometió por galardón de ella, el cual se verá sin fin, y se amará sin hastío, y se alabará sin cansancio. Allí el lugar es ancho, hermoso, resplandeciente y seguro, la compañía muy buena y agradable, el tiempo de una manera: no hay distinto en tarde y mañana, sino continuado con una simple eternidad. Allí habrá perpetuo verano, que con el frescor y aire del Espíritu Santo siempre florece. Allí todos se alegran, todos cantan y alaban a Aquel sumo dador de todo, por cuya largueza viven y reinan para siempre. ¡Oh Ciudad Celestial, morada segura, tierra donde se halla todo lo que deleita! ¡Pueblo sin murmuración, vecinos quietos y hombres sin ninguna necesidad! ¡Oh si se acabase ya esta contienda! ¡Oh sise concluyesen los días de mi destierro!, ¿cuándo llegará ese día? Cuándo vendré y pareceré ante la cara de mi Dios?
 

viernes, 3 de junio de 2011

Viernes

Este día meditarás en las penas del infierno, para que con esta meditación también se confirme más tu ánima en el temor de Dios y aborrecimiento del pecado.

Estas penas, dice San Buenaventura, se deben imaginar debajo de algunas figuras y semejanzas corporales que los santos nos enseñaron. Por lo cual será cosa conveniente imaginar el lugar del infierno (según él mismo dice) como un lago obscuro y tenebroso, puesto debajo de la tierra, o como un pozo profundísimo lleno de fuego, o como una ciudad espantable y tenebrosa, que toda arde en vivas llamas, en la cual no suena otra cosa sino voces y gemidos de atormentadores y atormentados, con perpetuo llanto y crujir de dientes.

Pues en este malaventurado lugar se padecen dos penas principales: la una que llaman de sentido y la otra de daño. Y cuanto a la primera, piensa cómo no habrá allí sentido alguno dentro ni fuera de ánima que no esté penando con su propio tormento, porque así como los malos ofendieron a Dios con todos sus miembros y sentidos y de todos hicieron armas para servir al pecado, así ordenará el que cada uno de ellos pene con su propio tormento y pague su merecido. Allí los ojos adúlteros y deshonestos padecerán con la visión horrible de los demonios. Allí las orejas que se dieron a oír mentiras y palabras torpes, oirán perpetuas blasfemias y gemidos. Allí las narices amadoras de perfumes y olores sensuales, serán . llenas de intolerable hedor. Allí el gusto que se regalaba con diversos manjares y golosinas, será atormentado con rabiosa hambre y sed. Allí la lengua murmuradora y blasfema será amargada con hiel de dragones. Allí el tacto amador de regalos y blanduras, andará nadando en aquellas heladas, dice Job, del río Cocyto (Job.21,33), y entre los ardores y llamas del fuego. Allí la imaginación padecerá con la aprensión de los dolores presentes; la memoria, con la recordación de los placeres pasados; el entendimiento, con la representación de los males venideros, y la voluntad, con grandísimas iras y rabias que los malos tendrán contra Dios. Finalmente, allí se hallarán en uno todos los males y tormentos que se pueden pensar, porque, como dice San Gregorio, allí habrá frío que no se pueda sufrir, fuego que no se pueda apagar, gusano inmortal, hedor intolerable, tinieblas palpables, azotes de atormentadores, visión de demonios, confusión de pecados y desesperación de todos los bienes. Pues dime ahora: si el menor de todos estos males que hay acá se padeciese por muy pequeño espacio de tiempo, sería tan recio de llevar, ¿qué será padecer allí en un mismo tiempo toda esta muche dumbre de males en todos los miembros y sentidos interiores y exteriores, y esto no por espacio de una noche sola, ni de mil, sino de una eternidad infinita? ¿Qué sentidos? ¿Qué palabras? ¿Qué juicio hay en el mundo que pueda sentir ni encarecer esto como es?

Pues no es ésta la mayor de las penas que allí se pasan: otra hay sin comparación mayor, que es la que llaman los teólogos pena de daño, la cual es haber de carecer para siempre de la vista de Dios y de su gloriosa compañía, porque tanto es mayor una pena, cuanto priva al hombre de mayor bien, y pues Dios es el mayor bien de los bienes, así carecer de él será el mayor mal de los males, cual de verdad es éste.

Éstas son las penas que generalmente competen a todos los condenados. Mas allende estas penas generales, hay otras particulares que allí padecerá cada uno conforme a la calidad de su delito. Porque una será allí la pena del soberbio, y otra la del envidioso, y otra la del avariento, y otra la del lujurioso, y así los demás. Allí se tasará el dolor conforme al deleite recibido, y la confusión conforme a la presunción y soberbia, y la desnudez conforme a la demasía y abundancia, y el hambre y sed conforme al regalo y la hartura pasada.

A todas estas penas sucede la eternidad del padecer, que es como el sello y la llave de todas ellas, porque todo esto aún sería tolerable si fuese finito, porque ninguna cosa es grande si tiene fin. Mas pena que no tiene fin, ni alivio, ni declinación, ni disminución, ni hay esperanza que se acabará jamás, ni la pena, ni el que la da, ni el que la padece, sino que es como un destierro preciso y como un sambenito irremisible, que nunca jamás se quita; esto es cosa para sacar de juicio a quien atentamente lo considera.

Ésta es, pues, la mayor de las penas que en aquel malaventurado lugar se padecen; porque si estas penas hubieran de durar por algún tiempo limitado, aunque fuera mil años, o cien mil años, o, como dice un Doctor, si esperasen que se habían de acabar en agotándose toda el agua del mar Océano, sacando cada mil años una sola gota del mar, aun esto les sería algún linaje de consuelo. Mas esto no es así, sino que sus penas compiten con la eternidad de Dios, y la duración de su miseria con la duración de su divina gloria; en cuanto Dios viviere, ellos morirán, y cuando Dios dejare de ser el que es, dejarán de ser ellos lo que son; pues en esta duración, en esta eternidad querría yo, hermano mío, que hincases los ojos de la consideración, y que (como animal limpio) rumiases ahora este paso dentro de ti, pues clama en su Evangelio aquella eterna verdad, diciendo: El cielo y la tierra faltarán; mas mis palabras no faltarán (Mt.24,24-25).

jueves, 2 de junio de 2011

Jueves

Este día pensarás en el juicio final, para que con esta consideración se despierten en tu ánima aquellos dos tan principales afectos que debe tener todo fin cristiano, conviene a saber: temor de Dios y aborrecimiento del pecado.

Piensa, pues, primeramente, cuán terrible será aquel día en el cual se averiguarán las causas de todos los hijos de Adán, y se concluirán, los procesos de nuestras vidas, y se dará sentencia definitiva de lo que para siempre ha de ser. Aquel día abrazará en sí los días de todos los siglos presentes, pasados y los venideros, porque en él dará el mundo cuenta de todos estos tiempos y en él derramará la ira y saña que tiene recogida en todos los siglos. Pues que tan arrebatado saldrá entonces aquel tan caudaloso río de la indignación divina, teniendo tantas acogidas de ira y saña, cuantos pecados se han hecho dende el principio del mundo.

Lo segundo, considera las señales espantosas que precederán a este día, porque, como dice el Salvador (Lc.21,11-55), antes que venga este día habrá señales en el sol y en la luna y en las estrellas, y, finalmente, en todas las criaturas del cielo y de la tierra. Porque todas ellas sentirán su fin antes que fenezcan, y se estremecerán y comenzarán a caer primero que caigan. Mas los hombres, dice, andarán secos y ahilados de muerte, oyendo los bramidos espantosos de la mar, y viendo las grandes olas y tormentas que levantará, barruntando por aquello las grandes calamidades y miserias que amenazan al mundo con tan temerosas señales. Y así andarán atónitos y espantados, las caras amarillas y desfiguradas, antes de la muerte muertos y antes del juicio sentenciados, midiendo los peligros con' sus propios temores, y tan ocupados cada uno con el suyo, que no se acordará del ajeno, aunque sea padre o hijo. Nadie habrá para nadie, porque nadie bastará para sí solo.

Lo tercero, considera aquel diluvio universal de fuego que vendrá delante del juez, y aquel sonido temeroso de la trompeta que tocará el Arcángel para convocar todas las generaciones del mundo a que se junten en su lugar y se hallen presentes en juicio; y, sobre todo, la majestad espantable con que ha de venir el juez.

Después de esto considera cuán estrecha será la cuenta que allí a cada uno se pedirá. Verdaderamente, dice Job (Job.3,3) no podrá ser el hombre justificado si se compara con Dios. Y si se quiere poner con Él en juicio, de mil cargos que le haga no le podrá responder a solo uno. Pues ¿qué sentirá entonces cada uno de los malos, cuando entre Dios con él en este examen, y allá dentro de su conciencia diga así?: Ven acá, hombre malo, ¿qué viste en mí, porque así me despreciaste y te pasaste al bando de mi enemigo? Yo te crié a mi imagen y semejanza. Yo te di la lumbre de la fe, y te hice cristiano, y te redimí con mi propia sangre. Por ti ayuné, caminé, velé, trabajé y sudé gotas de sangre. Por ti sufrí persecuciones, azotes, blasfemias, escarnios, bofetadas, deshonras, tormentos y cruz. Testigos son esta cruz y clavos que aquí parecen; testigos estas llagas de pies y manos, que en mi cuerpo quedaron; testigos el cielo y la tierra, delante de quien padecí. ¿Pues qué hiciste de esa ánima tuya, que yo con mi sangre hice mía; en cuyo servicio empleaste lo que yo compré tan caramente? ¡Oh, generación loca, adúltera! ¿por qué quisiste más servir a ese enemigo tuyo con trabajo, que a mí, tu Redentor y Criador, con alegría? Llaméos tantas veces, y no me respondisteis; toqué a vuestras puertas, y no despertasteis; extendí mis manos en la cruz, y no lo mirasteis; menospreciasteis mis consejos y todas mis promesas y amenazas; pues decid ahora vosotros, ángeles; juzgad vosotros, jueces, entre mí, y mi viña, ¿qué más debí yo hacer por ella de lo que hice? (Is.5) ¿Pues qué responderán aquí los malos, los burladores de las cosas divinas, los mofadores de la virtud, los menospreciadores de la simplicidad, los que tuvieron más cuenta con las leyes del mundo que con la de Dios, los que a todas sus voces estuvieron sordos, a todas sus inspiraciones insensibles, a todos sus mandamientos rebeldes y a todos sus azotes y beneficios, ingratos y duros? ¿Qué responderán los que vivieron como si creyeran que no había Dios, y los que con ninguna ley tuvieron cuenta, sino con sólo su interés? Qué haréis los tales, dice Isaías (Is.10,3) en el día de la visitación y calamidad que os vendrá de lejos? ¿A quién pediréis socorro, y qué os aprovechará la abundancia de vuestras riquezas?

Lo quinto, considera, después de todo esto, la terrible sentencia que el juez fulminará contra los malos, y aquella temerosa palabra que hará reteñir las orejas de quien le oyere: Sus labios, dice Isaías (Is.30,27) están llenos de indignación, y su lengua es como fuego que traga. ¿Qué fuego abrasará tanto como aquellas palabras (Mt.25,45): Apartaos de mí, malditos, al fuego perdurable que está aparejado para Satanás y para sus ángeles? En cada una de las cuales palabras tienes mucho que sentir y que pensar, en el apartamiento, en la maldición, en el fuego, en la compañía y, sobre todo, en la eternidad.

miércoles, 1 de junio de 2011

Miercoles

Este día pensarás en el paso de la muerte, que es una de las más provechosas consideraciones que hay, así para alcanzar la verdadera sabiduría como para huir del pecado, como también para comenzar con tiempo a aparejarse para la hora de la cuenta.

Piensa, pues, primeramente, cuán incierta es aquella hora en que te ha de saltear la muerte, porque no sabes en qué día, ni en qué lugar, ni en qué estado te tomará. Solamente sabes que has de morir, todo lo demás está incierto; sino que ordinariamente suele sobrevenir esta hora al tiempo que el hombre está más descuidado y olvidado de ella.

Lo segundo piensa en el apartamiento que allí habrá, no sólo entre todas las cosas que se aman en esta vida, sino también entre el ánima y el cuerpo, compañía tan antigua y tan amada. Si se tiene por grande mal el destierro de la patria y de los aires en que el hombre se crió, pudiendo el desterrado llevar consigo todo lo que ama, ¿cuánto mayor será el destierro universal de todas las cosas de la casa, y de la hacienda, y de los hijos, y de esta luz y aire común, y, finalmente, de todas las cosas? Si un buey da bramidos cuando lo apartan de otro buey con quien araba, qué bramido será el de tu corazón cuando te aparten de todos aquellos con cuya compañía trajiste a cuestas el yugo de las cargas de esta vida?

Considera también la pena que el hombre allí recibe cuando se le representa en lo que han de parar el cuerpo y el ánima después de la muerte, porque del cuerpo ya sabe que no le puede caber otra suerte mejor que un hoyo de siete pies de largo en compañía de los otros muertos; mas del ánima no sabe cierto lo que será, ni qué suerte le ha de caber. Ésta es una de las mayores congojas que allí se padecen: saber que hay gloria y pena para siempre, y estar tan cerca de lo uno y de lo otro, y no saber cuál de estas dos suertes tan desiguales nos ha de caber.

Tras ésta congoja se sigue otra no menor, que es la cuenta que allí se tiene de dar, la cual es tal que hace temblar aún a los más esforzados. De Arsenio se escribe que estando ya para morir empezó a temer. Y como sus discípulos le dijesen: Padre, y tú ahora temes. Respondió: Hijos, no es nuevo en mí este temor, porque siempre viví con él. Allí, pues, se le representan al hombre todos los pecados de la vida pasada como un escuadrón de enemigos que vienen a dar sobre él, y los más grandes y en qué mayor deleite recibió, ésos se representan más vivamente y son causa de mayor temor. ¡Oh, cuán amarga es allí la memoria del deleite pasado, que en otro tiempo parecía más dulce! Por cierto, con mucha razón, dijo el Sabio (Prov.23,31-32): No mires al vino cuando está rubio y cuando resplandece en el vidrio su color, porque aunque el tiempo del beber parece blando, mas a la postre muerde como culebra y derrama su- ponzoña como basilisco. Éstas son las heces de aquel brebaje ponzoñoso del enemigo; éste es el dejo que tiene aquel cáliz de Babilonia por de fuera dorado. Pues entonces el hombre miserable, viéndose cercado de tantos acusadores, comienza a temer la tela de este juicio y a decir entre sí: Miserable de mí, que tan engañado he venido y por tales caminos he andado, ¿qué será de mi obra en este juicio? Si San Pablo dice (Gal.6,8) que lo que el hombre hubiere sembrado, eso cogerá, yo que ninguna otra cosa he sembrado, sino obras de carne, ¿qué espero coger de aquí sino corrupción?

Si San Juan dices (Apoc.21,27) que en aquella soberana ciudad, que es todo oro limpio, no ha de entrar cosa sucia, ¿qué espera quien tan sucia y tan torpemente ha vivido?

Después de esto suceden los sacramentos de la Confesión y Comunión y de la Extremaunción, que es el último socorro con que la Iglesia nos puede ayudar en aquel trabajo, y así en éste como en los otros debes considerar las ansias y congojas que allí el hombre padecerá por haber vivido mal, y cuánto quisiera haber llevado otro camino, y qué vida haría entonces si le diesen tiempo para eso, y cómo allí se esforzará a llamar a Dios, y los dolores y la prisa de la enfermedad apenas le darán lugar.



Mira también aquellos postreros accidentes de la enfermedad, que son como mensajeros de la muerte, cuán espantosos son y cuán para temer. Levántase el pecho, enronquécese la voz, muérense los pies, hiélanse las rodillas, afílanse las narices, húndense los ojos, párase el rostro difunto, y luego la lengua no acierta a hacer su oficio; finalmente, con la gran prisa del ánima que se parte, turbados todos los sentidos pierden su valor y su virtud. Mas, sobre todo, el ánima es la que allí padece los mayores. trabajos, porque allí está batallando y agonizado, parte por la salida y parte por el temor de la cuenta que se le apareja; porque ella, naturalmente, rehúsa la salida y ama la estada y teme la cuenta.

Salida ya el ánima de la carne, aún te quedan dos caminos por andar, el uno acompañando el cuerpo hasta la sepultura, y el otro siguiendo el ánima hasta la determinación de su causa, considerando lo que a cada una de estas partes acaecerá. Mira, pues, cuál queda el cuerpo después que su ánima la desampara, y cuál esa noble vestidura que le aparejan para enterrarlo, y cuán presto procuran echarlo de casa. Considera su enterramiento con todo lo que él pasará, el doblar de las campanas, el preguntar todos por el muerto, los oficios y cantos dolorosos de la Iglesia, el acompañamiento y sentimiento che los amigos, y, finalmente, todas las particularidades que allí suelen acaecer hasta dejar el cuerpo en la sepultura, donde quedará sepultado en aquella tierra de perpetuo olvido.

Dejado el cuerpo en la sepultura, vete luego en pos del ánima y mira el camino que llevará por aquella nueva región, y en lo que, finalmente, parará, y cómo será juzgada. Imagina que estás ya presente en este juicio, y que toda la corte del cielo está aguardando el fin de esta sentencia, donde se hará el cargo y el descargo de todo lo recibido hasta el cabo de la agujeta. Allí se pedirá cuenta de la vida, de la hacienda, de la familia, de las inspiraciones de Dios, de los aparejos que tuvimos para bien vivir, y sobre todo de la sangre de Cristo, y allí será cada uno juzgado según la cuenta que diere de lo recibido.